La experiencia de violencia que sufrió Lucía comienza cuando ella tenía sólo 15 años.
Se enamoró de un chico un año menor que ella que acababa de llegar a su pueblo. Lo primero que cuenta al explicar su historia es el gran alivio que siente por haber durado con él tan sólo 9 meses: “podría haber sido peor”, nos cuenta.
Como observamos en todo tipo de relaciones en las que se sufre
violencia machista: este chico se mostraba dulce y atento al principio. Como
nos dice ella “los primeros cuatro meses lo tuve como a un príncipe azul” y fue
durante esa etapa cuando perdió la virginidad con él.
Después de la primera etapa de la relación, él comienza a
evidenciar comportamientos de maltrato que, por supuesto, para una Lucía
tremendamente enamorada y atada a él, pasaban inadvertidos. Hoy en día, cuando
Lucía recuerda su experiencia, no logra recordar los primeros cuatro meses ya
que el resto de momentos fueron los que
se le quedaron grabados en la memoria.
Los siguientes 5 meses de la relación fueron completamente
diferentes: “se cabreaba con frecuencia por cualquier tontería conmigo y fuera lo que fuera, yo siempre tenía la
culpa”.
La relación tuvo lugar con un chico de su instituto, por lo
que ella lo acompañaba todos los recreos. Un día, decidió pasarlo con sus
amigas y él se cabreó: “me recriminó que no quisiera pasar tiempo con él cuando
en realidad quería aislarme de mis amigas” aunque ella, en aquel momento, no se
diera cuenta. Él desfogó su enfado gritándola en medio del recreo, con todas
las personas mirándolos pero ninguna interviniendo, “yo, como siempre que me
gritaba, estaba con la cabeza agachada y con miedo”. Ésa fue la última vez que pasó el recreo en compañía de sus amigas.
Él le prohibió comer helado porque le parecía un acto de
provocación para el resto de chicos que la vieran. Tampoco podía comer
chucherías porque en el momento en que Lucía engordara, él no querría practicar
sexo con ella y sin sexo se acabaría la relación.
Lucía, además, nos
cuenta la relación que tenía el sexo en su experiencia de maltrato. Durante
los primeros meses no era un tema que le molestara pero en cuanto comenzó a
tener miedo y a sufrir constantes regañinas por parte de su pareja, dejó de
atraerle la idea de mantener relaciones sexuales con él aunque nunca lo
atribuyó al maltrato.
Lucía dejó de ser Lucía. Ya no salía con sus amigas: sólo
salía con él o con quien él saliera. Dejó de escuchar la música que le gustaba
y sólo escuchaba lo que él, ya que le repetía una y otra vez que lo que ella
escuchaba era una mierda. “Con 15 años mi
personalidad se estaba formando y él la quería amoldar a su gusto”. Lucía
se convirtió en una persona apagada y triste.
Ella nunca relacionó todos estos hechos con maltrato pero sí
notaba que algo iba mal así que decidió contarle su preocupación por medio de
una carta (así, evitaba tener que decírselo a la cara y pasar miedo) y
pretender mejorar la relación. Él la rompió, le gritó y volvió a cabrearse.
La metodología que
usaba para manipular a Lucía era dura pero imperceptible: se cabreaba y a
la hora la llamaba diciéndole que si ella le pedía perdón y le prometía no
volver a hacer aquello que le había molestado, él volvería con ella. Las
razones para sus cabreos eran absurdas: en una ocasión se cabreó porque pensaba
que Lucía era demasiado cotilla; otra, porque estando juntos ella dijo que se
aburría. “Ese día no pude aguantar más y estallé: lloré delante de él
como si tuviera el alma desgarrada. Y así era”.
Nadie a su alrededor sabía lo que estaba pasando; a sus
compañeras de clase les decía llorando que
él le estaba destrozando la vida y ellas
la llamaban exagerada. “Ni mis amigas, ni mi hermana, ni mis padres. Ni siquiera yo sabía que me estaba
maltratando, yo sólo sabía que lo estaba pasando muy mal”.
Ella decidió que no podía más y comenzó a decirle cosas que
sabía que le molestarían. Le dijo que quería irse de viaje y él respondió que
buscaba escusas para no estar con él y que, si se iba, podría conocer a otros
chicos que querrían algo con ella. Se cabreó y volvió a ocurrir lo mismo de
siempre, sólo que esta vez ella no quiso pedirle perdón. Él fue a su casa, se
puso de rodillas e intentó hacerle chantaje emocional y ella se negó
rotundamente. Lo último que le dijo fue “te
odio”.
Al principio le resultó duro pero comenzó a sentirse bien cuando
se dio cuenta de lo que le había ocurrido realmente y que, por fin, pudo
escapar de eso. Ella comenzó contándolo a su hermana y a su mejor amiga: “necesitaba que todo el mundo supiera como
era él realmente, porque no aparentaba ser así, él era muy tranquilo y amigo de
sus amigos”.
Unos meses después llegó el día contra la violencia de
género, 25 de noviembre, y el instituto donde ambos estudiaban decidió que
alguien hiciera un mural de una mujer junto con una frase contra el maltrato:
ese alguien era su expareja. Cuando llegó a su casa, le contó a su madre que el chico que la había maltratado había
hecho un mural contra el maltrato.
Cuando Lucía superó la violencia de género que sufrió, otra
chica se enamoró de su ex. Ella era nueva en el pueblo, tenía 14 años y en el
lugar de donde venía había tenido muchos problemas para hacer amistades: “para
él era perfecta; totalmente manejable y más pequeña que él, puesto que él ya
tenía 16”.
Lucía la intentó avisar para que no sufriera lo mismo que
ella había sufrido: aunque ella, enamorada como estaba, no la creyó. Al año, esta nueva chica habló con Lucía para darle la razón: “me dijo que se acordaba de lo que le conté cada vez que la gritaba o la
empujaba”. A los dos meses de esta confesión, la nueva víctima de la
violencia que ejercía este agresor, quedó embarazada. Ella, todavía enamorada y
reacia a la idea de admitir que su pareja era un maltratador, quiso tenerlo.
Me gustaría añadir aquí que, ante la nueva reforma de
aborto, aunque la víctima de violencia de género asuma el maltrato y admita a
su agresor, hay posibilidades de que no pueda abortar y tenga que pasarse toda
una vida viéndose con un agresor al que múltiples asociaciones defienden
bajo el lema de “no hables mal de tu ex a tus hijos/as, ellos/as no tienen por
qué perder a un padre por vuestros problemas”.
Lucía termina de contarnos su historia dando fuerza al resto de mujeres que estén sufriendo o hayan
sufrido una experiencia similar:
“A día de hoy ellos no están juntos pero tienen una hija, y las dos estarán atadas de una forma u
otra para siempre a un maltratador. Me sentí culpable por lo que le pasó a
ella, por no haber insistido más, pero hoy
sé que no es mi culpa, que la única persona culpable es él.
Más adelante, al ver el “No
solo duelen los golpes” de Pamela Palenciano me di cuenta que mi novio también
me había violado. Me di cuenta tres años después de lo ocurrido.
Nunca me creyó nadie,
ni sus amigos, ni mis amigas, ni su familia lo sabe. Él sigue diciendo que yo
estoy loca, que soy una exagerada y que me invento las cosas.
La mayoría de gente cree que este tipo de relaciones se dan
muy poco, que son excepciones, y no es así. Conozco a 5 personas que han pasado por una relación así, unas con
violencia física y otras con psicológica; y una de esas personas es un chico
gay*.
Yo estaba sola, pero ya no lo estoy, y quiero decir a cualquier
persona que esté pasando por esto o que haya pasado por esto: no estás sola, nos tienes a nosotras”.
*Es peligroso que en las relaciones homosexuales se sigan
los roles de género que nos impone la sociedad y una de las dos personas
adquiera el rol de “hombre” (dominante, duro, valiente) y otra, el de la “mujer”
(sumiso, complaciente, dulce). Acostumbradas como estamos todas las personas a
ver en la televisión relaciones heterosexuales, es difícil deshacerse de
aquello que vemos y no aceptar los roles impuestos por la sociedad para imitar
un amor tan peligroso como asesino.
Desde ManadaMorada queremos agradecer a Lucía la
valentía que demuestra al contar su historia y por haber sobrevivido a una
situación tan horrible de maltrato. Además, instar a las personas que estén pasando
por una situación similar que se pongan
en contacto con nosotras, a partir de nuestro mail (necesitofeminismo@gmail.com) o nuestro
Twitter (@ManadaMorada): escucharemos y ayudaremos en todo lo que nos sea
posible. Queremos enviar un mensaje a todas las que estén pasando por este
sufrimiento: puedes salir de eso, no tienes por qué enamorarte por mucho que
nos insistan en que lo hagamos y, en el caso de que lo hagas, no tiene por qué
ser así. El amor no son celos, no son posesión, el amor nunca te va a prohibir
ni te va a obligar: el amor no te dará libertad, pero respetará la que tú misma
te das. Como bien dice Lucía y repetimos nosotras siempre que podemos: no estás sola, nos tienes a todas de tu
lado.
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